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REFLEXIÓN SOBRE UNA PINTURA DE CASTAS

“En 1708 compareció ante el tribunal eclesiástico Miguel Durán, soldado del presido de Santa Fe, a solicitar que su novia, María Rincón, española de noble alcurnia, fuese sacada de la casa de sus padres para que pudiera casarse con quien ella escogiera. La madre de maría, doña Antonia de Valenzuela, se opuso a la unión por la “notoria dispariedad de que dicho hombre es de colo pardo”. Además, Miguel Durán era un viudo cuyos padres eran desconocidos. Todos esos hechos juntos, su ocupación, su raza y, lo que era muy probable, su ilegitimidad, hacían de él una pareja indigna de la hija de un aristócrata. Finalmente no se celebró la boda y parece que María tampoco llegó a casarse nunca”[1].
Esta historia, referida por Ramón Gutiérrez, da muy buena cuenta del hecho de que el matrimonio, en la sociedad colonial, más que un efecto directo del amor, es un mecanismo que funciona en beneficio de mantener o mejorar la posición social. Por lo demás, como bien nos lo indica Gutiérrez, el amor en los tiempos de la Colonia era un “sentimiento subversivo, opuesto a las preocupaciones de la familia por la posición social y las relaciones de de autoridad en el seno del hogar”[2].

En esta pintura de castas, de autor anónimo, se lee: “Mulato i Española produce Morisco”[3]. Partiendo del hecho de que estas pinturas representan casi siempre familias[4], no dejan de causarnos sorpresa los elementos que se nos muestran: la pareja, vestida con toda la elegancia de la época y con manos delicadas de quienes no practican oficios manuales; el niño “híbrido” que le sirve a sus padres, con un color de piel que parece sacado de la mezcla de los mismos tonos con que se pintó al mulato y a la española; los árboles frutales que circundan a la familia, las huerta fértil y la fuente. La atmósfera es completamente bucólica, y transmite ese ideal aristocrático del renacimiento europeo: ademanes cortesanos, aires pastoriles y un paisaje desbordante pero domesticado: la naturaleza y la civilización que han llegado, finalmente, al perfecto entendimiento.
Ahora bien, el observador actual no puede dejar de sentirse incómodo ante este cuadro sospechosamente idealizado. Lo más inusual de esta suerte de alegoría de la conquista como realización máxima de un ideal humanístico es, no obstante, es esta pareja del mulato con la española blanca: ¿Acaso es fácil imaginarse una pareja así durante la colonia o aún en el siglo XX? ¿Acaso no es más común, aunque también dentro de parámetros mucho menos “elegantes”, encontrarse con uniones entre hombres de raza blanca y mujeres de razas “dominadas”, indígenas, negras mulatas o mestizas?
El carácter artificial del cuadro se revela de inmediato. Entonces viene la pregunta a cerca de la verdadera utilidad de la pintura de castas, ya que desde el comienzo se vuelve necesario rechazar toda asociación con un propósito realista o documental. ¿Será una expresión motivada por cinismos de las “verdaderas” clases aristocráticas? ¿Se esconderá tras ella una intención moralizante, dirigida por alguna institución eclesiástica a un público sumido en las uniones ilegítimas? ¿O se tratará simplemente de ofrecer un recetario de todas las combinaciones posibles entre las diversas razas que convergen en el Nuevo Mundo?
Como muy bien lo documenta Ramón A. Gutiérrez en su estudio sobre la sociedad colonial en Nuevo México, nos enfrentamos ante un periodo histórico dominado por el racismo y los prejuicios de clase. El proyecto colonial siempre se pensó desde la dualidad de los conquistadores y los conquistados, y debía ser poco común (a pesar de la existencia de algunos decretos de la Corona que incitaban a los matrimonios entre indios y blancos[5), que desde la evidente búsqueda de “calidad” social que caracterizaba a la institución matrimonial, este tipo de uniones se dieran con naturalidad. Las mujeres eran, además, “los objetos que los hombres honorables guardaban con más celo en sus respectivos hogares”[6]; eran, y esto era precisamente lo que sostenía la sociedad colonial dentro del orden jerárquico que le correspondía, la garantía que salvaguardaba el imaginario de honor de una comunidad cuya posición se cifraba en la “pureza” de la raza y en el predominio (masculino) de lo español sobre el resto de los seres y las cosas. De ahí que un matrimonio de un hombre mulato con una mujer blanca resulte tan absurdo, y mucho más dentro del ambiente solemne con que se reviste en la pintura.
Como digo arriba, para el público de este tipo de obras en los siglos XVII y XVIII el asunto no debió dejar de causar cierto divertimento un tanto cínico. Pero existe también la posibilidad de que en este tipo de pintura hubiera alguna intención utópica, influenciada quizás por las ideas humanistas que desde los principios mismos de la Conquista estuvieron entretejidos en el proceso de asentamiento y dominación de los europeos en América. Lo que debemos rechazar de lleno es entenderla como la situación real de las castas en la Colonia. En este sentido nos es posible encontrar muchos más paralelismos con la literatura de entonces que con la realidad que nos muestra la investigación histórica. Siendo una representación más cercana a lo fantástico, no deberíamos perder la oportunidad de adivinar a través de ella la moral de la sociedad Colonial, los límites de su autoconciencia y sus imaginarios frente al fenómeno del mestizaje.

Joaquín Uribe

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[1] GUTIÉRREZ, Ramón A., Cuando Jesús llegó las Madres del Maíz se fueron, Fondo de Cultura Económica, México, -. P. 287
[2] Ibid. P. 285
[3] En un principio la palabra mulato equivalía a una mezcla racial de cualquier clase. Luego vino a significar concretamente el resultado de la unión de blanco con negro. Cf. GUTIÉRREZ, Ramón A. Op. Cit., P.249.
[4] KATSEW, Ilona, La Pintura de Castas, Turner Publicaciones, México D. F, 2004. P. 5
[5] BURNS, Katryn, “Desestabilizando la Raza”, En Formaciones de identidad: Articulaciones raciales, mestizaje y nación en América Latina, Marisol de la Cadena (Editora), Envión, Popayám, 2007. P.42
[6] GUTIÉRREZ, Ramon A., Op. Cit. P. 289